¡¡Huevazo le va!! (Ò_ó)

14Dec09
Vomitado por: ninja

El acordeonista en el tejado

Joderrrr. Estoy intentando estudiar desde hace ya un buen rato (para un lunes que me animo!), y hay un maldito acordeonista justo debajo de mi ventana, apretando torpemente las teclas del acordeón para sacar unas monedillas (el pobre). Lo que me tendría que causar una empatía y compasión infinita (yo podría acabar así, por qué no), y que de hecho, ha logrado durante los primeros dos minutos, ha acabado por transformarse en un odio vil con deseos de silenciación.

Este buen hombre, lleva tocando Jingle Bells en el acordeón casi dos horas seguidas. Y claro, a un ciudadano estándar que pase por ahí, le parecerá gracioso y le soltará esas monedillas para el bocata de chopped, al fin y al cabo sólo tendrá que escuchar un par de acordes. Pero a muá ya le han sobrepasado el límite de su paciencia desde hace muuuuucho rato. Me he puesto mi propia música a todo volumen, pero aún así no puedo bloquear la tortura navideña del acordeonista. Se le oye de fondo, como si fuese un ritmillo cutre acompañante a todas y cada una de mis canciones, constante, de fondo, repetido hasta la náusea.

Me están consumiendo el alma. Alguien tiene que pagar por todo esto ya. Lo peor de todo es que el otro día también estaba ahí rondando, acechante; y el día anterior también. Espero que no se cumpla la pesadilla y que no le tenga aquí por el resto de la navidad. Con su ritmillo infernal de fondo.

Creo que voy a sacar unos huevos de la nevera y los voy a dejar pudrir. Los yanquis lo llamarían “ataque quirúrgico preventivo”. (Ò_ó)

PD: ¡¡¡¡¡Dios, y justo ahora, al terminar de escribir esto, le da por variar, y se ha puesto a tocar “Pajaritos por aquí!!!!!! NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!! (ó_Ò)

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Un espectador denuncia a un músico de jazz por no tocar jazz

Un guardia civil sometió la música a juicio y llegó a una conclusión coincidente con la del denunciante: la música del saxofonista no era jazz.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/espectador/denuncia/musico/jazz/tocar/jazz/elpepicul/20091209elpepicul_5/Tes

Jaaaajajajajñasañdffasdjaa! Es que me imagino al cultivadísimo picoleto, con fino oído:

- Esto es una poco sutil mezcla de Mingus con música contemporánea experimental, pero no se entreoye ninguna influencia de Charlie Parker, y la progresión armónica se acerca más a DJ Nash que a John Coltrane. Cabo, que despejen la sala, que vaya saliendo todo el mundo que cerramos el concierto por agresión cacofónica jazzística.

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A por ellos. Oé (y 3).

07Dec09
Vomitado por: ninja

No se pierdan el trepidante desenlace en:

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/11/22/espana/1258872619.html

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

A POR ELLOS, OÉE!! (2)

12Nov09
Vomitado por: ninja

El viento amainaba, aún así Ndugu paró el motor de la embarcación. Era la hora de comer y prefería que toda la tripulación se relajase y dejase de escuchar el ruido del motor durante unos minutos.
En sus clases de Psicología Conductista II, Ndugu aprendió que una tripulación contenta rinde más y lucha mejor. Sus compañeros ya llevaban escuchando el traqueteo de la embarcación durante más de medio día, y escuchar los sonidos del mar siempre era agradable para un oído educado.

Ndugu bajó a la bodega con unos hombres y les ordenó subir el racionamiento del día. Un poco de pan, agua y cebolla, como siempre. Hacía esto para mantener lúcidas las mentes de sus hombres, pues bien sabido es que un estómago hambriento fomenta una mente ingeniosa. Además, los hombres no se quejaban, pues ya sabían muy bien lo que significaba estar allí. Así habló Ndugu:

-Comed, hijos míos, pues este es el alimento del espíritu. Nos esperan duras hazañas esta semana. Pero recordad que todo lo hacemos por el bien de nuestra patria. Tenedlo siempre presente pues esto os ayudará en los momentos difíciles- al escuchar estas palabras, sus hombres le vitorearon y aplaudieron.

Después de comer, tocaba la hora de lectura. Ndugu y sus hombres sacaron unos manuales que día tras día leían y releían con avidez. En el lomo del libro ponía: “Lucha contra el capital. Cómo salvar la patria de los agresores blancos”. Era el manual que habían recibido al acabar sus licenciaturas, y que todos llevaban siempre consigo. Era el manual de los héroes de la patria, de los grandes. De los que estaban dispuestos a sacrificarse por el bien común. El manual que todo Licenciado en las Justísimas Artes del Corso (carrera oficial somalí) llevaba siempre consigo. En él se demostraba, mediante el método positivista de A. Comte, cómo los occidentales eran los culpables de todos los males de África, en especial de Somalia: estudios científicos, estadísticas, fórmulas, predicciones milimétricas, trabajos de campo, etc. Y también enseñaba cómo combatir contra ellos para liberar Somalia, y en último término, liberar al mundo de la opresión capitalista universal, causante como todos sabemos de todos y cada uno de las desgracias colectivas e individuales que se sufren hoy en día, tanto en África como en el autodenominado Primer Mundo. Cada licenciado se sabía el manual del índice a la conclusión, y lo repasaban día a día para no olvidar ni una coma. Tal era la labor de nuestros héroes.

Desgraciadamente, los demonios occidentales no comprendían nada. Desdeñaban y acusaban a los licenciados y les insultaban, llamándoles… ¡piratas! Tarde o temprano, cuando ellos salvasen al mundo de la opresión del capitalismo, los occidentales se darían cuenta de cuánto les debían y entonces todo podría ser perdonado, y empezar todo desde cero. Pero de momento, los perversos occidentales, que todo poseían y nada necesitaban, se atrevían a pescar en sus calas y en sus aguas, cuando su eficacísimo gobierno había delimitado perfectamente qué aguas eran de Somalia y qué aguas eran internacionales. Esto era una agresión, una provocación que no podía ser pasada por alto, el capitalismo comenzaba pescando, pero podría acabar incluso llevándose a sus mujeres (¡y cada hombre sólo tenía en propiedad una media de cuatro! ¡tres si no contamos como mujer a las que tuvieron que ser justamente tratadas con ácido y que ya no valen para satisfacer a nuestros héroes!)

Así que los licenciados, siguiendo el Manual de las Justísimas Artes del Corso, hacían lo siguiente. Se acercaban furtivamente a un atunero, lo abordaban y secuestraban a los tripulantes. Siempre sin causar ningún muerto y respetando los Derechos Humanos de cada tripulante occidental (esto se lo enseñaron en su asignatura Aplicación de la Convención de los Derechos Humanos al Justísimo Arte del Corso III).
El problema es que no todos los occidentales se dejaban atrapar, y algunos se defendían, así que a estos debían dejarles tranquilos, y abordar sólo a los barcos que no se defendían y cuyos gobiernos pagaban escrupulosamente el rescate.

Después, el pérfido dinero occidental, conseguido en un limpio secuestro, se donaba en las siguientes proporciones: un 51% al Gobierno de Somalia, para levantar el país mediante inversiones sociales, un 48% a las ONGs que tenían delegados en Somalia, para ayudar a los niños y familias necesitadas y que nadie pasase hambre ni tuviese carencias médicas. El 1% restante se destinaba a la tripulación: gas-oil para la embarcación, y dieta de pan, agua y cebolla para los tripulantes. No necesitaban nada más. Aquellos hombres estaban especialmente entrenados en la licenciatura para desdeñar los bienes pasajeros y sacrificarse sobre el país. Sólo necesitaban el saberse realizados.

A pesar de todo esto, nuestros héroes tenían un pequeño lado oscuro. Eran seres humanos, después de todo. Al ser su premio el saberse realizados, se habían impregnado de una especie de halo moral que les hacía creerse superiores al resto de sus compatriotas. De hecho, casi todos se habían dejado de hablar con sus familias, pues renegaban de su estilo de vida “cobarde”: trabajar duro la tierra, en la mina o en la ciudad para ganarse el sustento. Ellos trabajaban por la patria y todo el que no lo hiciese estaría por debajo automáticamente. Cómo se atrevían sus hermanos y sus múltiples hijas de múltiples esposas a trabajar deshonradamente día tras día sin atacar a los occidentales para reclamar lo que era de todos. ¡Era una vergüenza! Cualquier hombre y mujer tenía la oportunidad de licenciarse en Justísimas (para eso se destinaba un porcentaje de los botines). Trabajar era deshonroso. Y antipatriota. Así el país no se levantaría nunca y el mundo jamás sería liberado de la angustiosa opresión todopoderosamente capitalista.

En esto pensaba Ndugu, cuando el vigía gritó:

-¡Embarcación occidental! ¡40 millas, sur-suroeste!

Ndugu dio una orden y todos le obedecieron, alegres. Saltando, abrazándose, riendo con blancas sonrisas y haciendo piruetas, como en las películas de Errol Flynn y Burt Lancaster. Este día, como otros tantos, también habría botín para el Gobierno de Somalia y las ONGs.


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    Hablando del creador del vertedero...

    Ninja es... no lo sabe ni él. Actualmente está atrapado en una Academia de Samurais en las remotas y antiguas tierras de Kastiya, provincia de Hispania. Si le logras ver, huye cual demonio.