¡A POR ELLOS, OÉEE! (1 de 3)
La radiante luz del mediodía le despierta. Borja no tiene despertador, como el resto de los mortales, así que no tiene que soportar su irritante graznido mañanero. Sin ser consciente de su suerte, se mete al jacuzzi, todavía somnoliento, y aprieta dos botones. Uno activa el burbujeante masaje que, según afirma Borja siempre que tiene la ocasión, necesita para “poder funcionar durante el día”. El otro botón es para llamar a Sebastian (pronúnciese Sebástian).
Así que al rato, la puerta se abre y Sebastian entra, empujando en un carrito una gran bandeja de plata. Y encima de la bandeja un desayuno que haría avergonzarse al mismísimo Marajá de Puturrú de Fuá.
-Buenos días, señour- dice Sebastián con acento guiri.
-Buenos días Sebastian. Deja el desayuno donde siempre, y retírate por favor.
Sebastian coloca delicadamente, cerca del jacuzzi, todos los manjares que su señor va a degustar, inclina levemente la cabeza y se encamina hacia la puerta. Justo antes de cerrarla suavemente, pues los portazos perturban a su señor, Borja le dice:
-¿Eres feliz Sebastián? ¿Estás contento?
-Sí señour- responde el mayordomo.
-Entonces todos contentos- responde Borja con una amplia sonrisa, mientras se reclina hacia atrás en el burbujeante jacuzzi. Borja también es feliz.
Después de desayunar escuchando el Intermezzo 3 en Do Mayor de Brahms, Borja decide dar el paso adelante. Lleva pensando en ello toda la semana, y hoy todo ha cristalizado. Hoy es el momento de hacerlo. Este es su momento.
Se viste con sus más caras prendas, baja en su ascensor privado hasta el garaje y arranca su coche. El Todopoderoso, como él lo llama. Oh, amigos lectores, tan sólo la poesía podría describirlo, y yo no soy poeta, así que será mejor que el silencio hable.
El Todopoderoso lo lleva hasta el puerto. Es una mañana soleada, y lo primero que hace Borja tras bajar del coche es dilatar sus fosas nasales, cerrar los ojos, y aspirar el olor a salitre que trae el viento. Sí. No hay vuelta atrás. Ahora o nunca.
Busca con la mirada alrededor, entre los barcos, hasta que se queda mirando fijamente a uno, y avanza con paso decidido hacia él. Las gaviotas entonan su dulce melodía.
Llega a las escaleras de atraque y se detiene. El barco es enorme, lo suficiente como para que tres equipos de fútbol vivan en él con holgura. Una carcajada alegre y continua se oye desde barco.
-¡Aah Borja! ¡Viejo zorro! ¡Al fin te has decidido! ¡Jajajaja!- la voz alegre sale de un hombre negro, conocido como el Senegalés. Viste el mono amarillo de los pescadores, pero sus dedos están cubiertos de anillos enjoyados con diamantes, rubíes y piedras preciosas tan coloridas y extrañas, que tan sólo una de ellas bastaría para construir tres puertos con todas sus instalaciones.
-¡Salid todos! ¡Ha venido el vasco! –grita el negro con efusividad.
En unos instantes, la cubierta se llena de hombres. Algo más de treinta, calcula Borja rápidamente. Parecen todos de diversa procedencia, pero muchos son gallegos, vascos y senegaleses. Pero eso no importa en absoluto. Hay algo que les une a todos. Y no es ni los todopoderosos coches que cada uno de ellos tiene aparcado fuera, ni sus empachadas cuentas corrientes, ni la herencia espectacular que han recibido. No. Es algo más que eso. Un lazo indestructible, tan fuerte, que ni siete tsunamis durante siete días y siete noches, podría destruir. Porque, oh amigos lectores, estos hombres estaban unidos por el odio. Y el Odio es una de las fuerzas más poderosas a las que puede recurrir el hombre. Su odio ha vencido incluso al miedo aterrador que cualquier hombre normal habría sentido si estuviese en su lugar, si supiese la osada aventura que estos valientes hombres, que nada necesitan ya, van a emprender.
El Sol brilla en lo alto, el viento agita sus cabellos, y la mar está calma. De esta forma, la autodenominada Sociedad Secreta del Odio Eterno al Atún Rojo, parte valientemente, como los héroes de antaño, a buscar su destino. El patrón hace sonar la sirena del barco, así todo el puerto se dará por aludido. Y grita con fuerte voz:
-¡Hijos míos, zarpamos ya para exterminar al Atún Rojo! ¡Quitaos de en medio, dioses entrometidos! ¡Ayúdanos San Andrés, tú que eres el patrón de los marineros! ¡Apartaos, ecologistas y sectarios de Greenpeace, pues no deseamos odiaros a vosotros también! ¡Exterminaremos a ese maldito Atún Rojo, a esa aberración divina, a esa blasfemia contra la naturaleza, a esa abominación marina; a pesar de que nada necesitamos y todo poseemos! ¡¡Miserables!! ¡¡Abrid paso al Alakrana!!



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