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El viento amainaba, aún así Ndugu paró el motor de la embarcación. Era la hora de comer y prefería que toda la tripulación se relajase y dejase de escuchar el ruido del motor durante unos minutos.
En sus clases de Psicología Conductista II, Ndugu aprendió que una tripulación contenta rinde más y lucha mejor. Sus compañeros ya llevaban escuchando el traqueteo de la embarcación durante más de medio día, y escuchar los sonidos del mar siempre era agradable para un oído educado.
Ndugu bajó a la bodega con unos hombres y les ordenó subir el racionamiento del día. Un poco de pan, agua y cebolla, como siempre. Hacía esto para mantener lúcidas las mentes de sus hombres, pues bien sabido es que un estómago hambriento fomenta una mente ingeniosa. Además, los hombres no se quejaban, pues ya sabían muy bien lo que significaba estar allí. Así habló Ndugu:
-Comed, hijos míos, pues este es el alimento del espíritu. Nos esperan duras hazañas esta semana. Pero recordad que todo lo hacemos por el bien de nuestra patria. Tenedlo siempre presente pues esto os ayudará en los momentos difíciles- al escuchar estas palabras, sus hombres le vitorearon y aplaudieron.
Después de comer, tocaba la hora de lectura. Ndugu y sus hombres sacaron unos manuales que día tras día leían y releían con avidez. En el lomo del libro ponía: “Lucha contra el capital. Cómo salvar la patria de los agresores blancos”. Era el manual que habían recibido al acabar sus licenciaturas, y que todos llevaban siempre consigo. Era el manual de los héroes de la patria, de los grandes. De los que estaban dispuestos a sacrificarse por el bien común. El manual que todo Licenciado en las Justísimas Artes del Corso (carrera oficial somalí) llevaba siempre consigo. En él se demostraba, mediante el método positivista de A. Comte, cómo los occidentales eran los culpables de todos los males de África, en especial de Somalia: estudios científicos, estadísticas, fórmulas, predicciones milimétricas, trabajos de campo, etc. Y también enseñaba cómo combatir contra ellos para liberar Somalia, y en último término, liberar al mundo de la opresión capitalista universal, causante como todos sabemos de todos y cada uno de las desgracias colectivas e individuales que se sufren hoy en día, tanto en África como en el autodenominado Primer Mundo. Cada licenciado se sabía el manual del índice a la conclusión, y lo repasaban día a día para no olvidar ni una coma. Tal era la labor de nuestros héroes.
Desgraciadamente, los demonios occidentales no comprendían nada. Desdeñaban y acusaban a los licenciados y les insultaban, llamándoles… ¡piratas! Tarde o temprano, cuando ellos salvasen al mundo de la opresión del capitalismo, los occidentales se darían cuenta de cuánto les debían y entonces todo podría ser perdonado, y empezar todo desde cero. Pero de momento, los perversos occidentales, que todo poseían y nada necesitaban, se atrevían a pescar en sus calas y en sus aguas, cuando su eficacísimo gobierno había delimitado perfectamente qué aguas eran de Somalia y qué aguas eran internacionales. Esto era una agresión, una provocación que no podía ser pasada por alto, el capitalismo comenzaba pescando, pero podría acabar incluso llevándose a sus mujeres (¡y cada hombre sólo tenía en propiedad una media de cuatro! ¡tres si no contamos como mujer a las que tuvieron que ser justamente tratadas con ácido y que ya no valen para satisfacer a nuestros héroes!)
Así que los licenciados, siguiendo el Manual de las Justísimas Artes del Corso, hacían lo siguiente. Se acercaban furtivamente a un atunero, lo abordaban y secuestraban a los tripulantes. Siempre sin causar ningún muerto y respetando los Derechos Humanos de cada tripulante occidental (esto se lo enseñaron en su asignatura Aplicación de la Convención de los Derechos Humanos al Justísimo Arte del Corso III).
El problema es que no todos los occidentales se dejaban atrapar, y algunos se defendían, así que a estos debían dejarles tranquilos, y abordar sólo a los barcos que no se defendían y cuyos gobiernos pagaban escrupulosamente el rescate.
Después, el pérfido dinero occidental, conseguido en un limpio secuestro, se donaba en las siguientes proporciones: un 51% al Gobierno de Somalia, para levantar el país mediante inversiones sociales, un 48% a las ONGs que tenían delegados en Somalia, para ayudar a los niños y familias necesitadas y que nadie pasase hambre ni tuviese carencias médicas. El 1% restante se destinaba a la tripulación: gas-oil para la embarcación, y dieta de pan, agua y cebolla para los tripulantes. No necesitaban nada más. Aquellos hombres estaban especialmente entrenados en la licenciatura para desdeñar los bienes pasajeros y sacrificarse sobre el país. Sólo necesitaban el saberse realizados.
A pesar de todo esto, nuestros héroes tenían un pequeño lado oscuro. Eran seres humanos, después de todo. Al ser su premio el saberse realizados, se habían impregnado de una especie de halo moral que les hacía creerse superiores al resto de sus compatriotas. De hecho, casi todos se habían dejado de hablar con sus familias, pues renegaban de su estilo de vida “cobarde”: trabajar duro la tierra, en la mina o en la ciudad para ganarse el sustento. Ellos trabajaban por la patria y todo el que no lo hiciese estaría por debajo automáticamente. Cómo se atrevían sus hermanos y sus múltiples hijas de múltiples esposas a trabajar deshonradamente día tras día sin atacar a los occidentales para reclamar lo que era de todos. ¡Era una vergüenza! Cualquier hombre y mujer tenía la oportunidad de licenciarse en Justísimas (para eso se destinaba un porcentaje de los botines). Trabajar era deshonroso. Y antipatriota. Así el país no se levantaría nunca y el mundo jamás sería liberado de la angustiosa opresión todopoderosamente capitalista.
En esto pensaba Ndugu, cuando el vigía gritó:
-¡Embarcación occidental! ¡40 millas, sur-suroeste!
Ndugu dio una orden y todos le obedecieron, alegres. Saltando, abrazándose, riendo con blancas sonrisas y haciendo piruetas, como en las películas de Errol Flynn y Burt Lancaster. Este día, como otros tantos, también habría botín para el Gobierno de Somalia y las ONGs.
¡A POR ELLOS, OÉEE! (1 de 3)
La radiante luz del mediodía le despierta. Borja no tiene despertador, como el resto de los mortales, así que no tiene que soportar su irritante graznido mañanero. Sin ser consciente de su suerte, se mete al jacuzzi, todavía somnoliento, y aprieta dos botones. Uno activa el burbujeante masaje que, según afirma Borja siempre que tiene la ocasión, necesita para “poder funcionar durante el día”. El otro botón es para llamar a Sebastian (pronúnciese Sebástian).
Así que al rato, la puerta se abre y Sebastian entra, empujando en un carrito una gran bandeja de plata. Y encima de la bandeja un desayuno que haría avergonzarse al mismísimo Marajá de Puturrú de Fuá.
-Buenos días, señour- dice Sebastián con acento guiri.
-Buenos días Sebastian. Deja el desayuno donde siempre, y retírate por favor.
Sebastian coloca delicadamente, cerca del jacuzzi, todos los manjares que su señor va a degustar, inclina levemente la cabeza y se encamina hacia la puerta. Justo antes de cerrarla suavemente, pues los portazos perturban a su señor, Borja le dice:
-¿Eres feliz Sebastián? ¿Estás contento?
-Sí señour- responde el mayordomo.
-Entonces todos contentos- responde Borja con una amplia sonrisa, mientras se reclina hacia atrás en el burbujeante jacuzzi. Borja también es feliz.
Después de desayunar escuchando el Intermezzo 3 en Do Mayor de Brahms, Borja decide dar el paso adelante. Lleva pensando en ello toda la semana, y hoy todo ha cristalizado. Hoy es el momento de hacerlo. Este es su momento.
Se viste con sus más caras prendas, baja en su ascensor privado hasta el garaje y arranca su coche. El Todopoderoso, como él lo llama. Oh, amigos lectores, tan sólo la poesía podría describirlo, y yo no soy poeta, así que será mejor que el silencio hable.
El Todopoderoso lo lleva hasta el puerto. Es una mañana soleada, y lo primero que hace Borja tras bajar del coche es dilatar sus fosas nasales, cerrar los ojos, y aspirar el olor a salitre que trae el viento. Sí. No hay vuelta atrás. Ahora o nunca.
Busca con la mirada alrededor, entre los barcos, hasta que se queda mirando fijamente a uno, y avanza con paso decidido hacia él. Las gaviotas entonan su dulce melodía.
Llega a las escaleras de atraque y se detiene. El barco es enorme, lo suficiente como para que tres equipos de fútbol vivan en él con holgura. Una carcajada alegre y continua se oye desde barco.
-¡Aah Borja! ¡Viejo zorro! ¡Al fin te has decidido! ¡Jajajaja!- la voz alegre sale de un hombre negro, conocido como el Senegalés. Viste el mono amarillo de los pescadores, pero sus dedos están cubiertos de anillos enjoyados con diamantes, rubíes y piedras preciosas tan coloridas y extrañas, que tan sólo una de ellas bastaría para construir tres puertos con todas sus instalaciones.
-¡Salid todos! ¡Ha venido el vasco! –grita el negro con efusividad.
En unos instantes, la cubierta se llena de hombres. Algo más de treinta, calcula Borja rápidamente. Parecen todos de diversa procedencia, pero muchos son gallegos, vascos y senegaleses. Pero eso no importa en absoluto. Hay algo que les une a todos. Y no es ni los todopoderosos coches que cada uno de ellos tiene aparcado fuera, ni sus empachadas cuentas corrientes, ni la herencia espectacular que han recibido. No. Es algo más que eso. Un lazo indestructible, tan fuerte, que ni siete tsunamis durante siete días y siete noches, podría destruir. Porque, oh amigos lectores, estos hombres estaban unidos por el odio. Y el Odio es una de las fuerzas más poderosas a las que puede recurrir el hombre. Su odio ha vencido incluso al miedo aterrador que cualquier hombre normal habría sentido si estuviese en su lugar, si supiese la osada aventura que estos valientes hombres, que nada necesitan ya, van a emprender.
El Sol brilla en lo alto, el viento agita sus cabellos, y la mar está calma. De esta forma, la autodenominada Sociedad Secreta del Odio Eterno al Atún Rojo, parte valientemente, como los héroes de antaño, a buscar su destino. El patrón hace sonar la sirena del barco, así todo el puerto se dará por aludido. Y grita con fuerte voz:
-¡Hijos míos, zarpamos ya para exterminar al Atún Rojo! ¡Quitaos de en medio, dioses entrometidos! ¡Ayúdanos San Andrés, tú que eres el patrón de los marineros! ¡Apartaos, ecologistas y sectarios de Greenpeace, pues no deseamos odiaros a vosotros también! ¡Exterminaremos a ese maldito Atún Rojo, a esa aberración divina, a esa blasfemia contra la naturaleza, a esa abominación marina; a pesar de que nada necesitamos y todo poseemos! ¡¡Miserables!! ¡¡Abrid paso al Alakrana!!
En fin, que el verano se acaba para todos, y mis días de relax (cual vaca holandesa de esas que masajean antes de ir al matadero) están dando los últimos coletazos. No creáis, malditos perros, que no me he acordado de vomitar bilis durante este verano, pero siempre ha sido al viento, con una airada sonrisa, calentándome la sangre en la playa cual lagarto del desierto. Pero nunca en el blog.
Todo esto confluye aquí por un motivo: ya iba siendo hora, sí. Cuando no puedo soltar la bola de tensión al aire, lo tengo que hacer aquí. Cualquier minucia hubiese sido suficiente porque ya estaba encrispado como gato, pero esta vez vienen chubascos, tormentas y riadas. Contemplad esta foto:
Pero, ¿¿¿qué cojones es eso??? La foto se comenta por sí sóla, pero ¿sabe esta gente lo que significa alzar el puño? Por los caretos de vivir en la órbita exterior de Skylon6 que se están gastando las dos féminas, juraría que ni idea claro. Da la sensación que después de cantar la internacional se van a agarrar unas botellas de calimocho warro y a darle al hígado. Por los caídos por la libertad claro. Que seguro que si les viesen chorrearían orgullo.
Me encanta mi barrio, con sus parques, su tranquilidad; los pájaros cantan, los yonkis se levantan…
ATENCIÓN a los comentarios de la rubia, es para centrifugarle las neuronas (aunque sería como acelerar una única partícula de materia en el inmenso vacío)
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